Jonathan Edwards

Jonathan Edwards y Las Resoluciones Rotas

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clip_image001Jonathan Edwards y Las Resoluciones Rotas

por Nathan Busenitz

Como ya comentamos la semana pasada , las setenta Resoluciones de Jonathan Edwards ejemplifican una perspectiva eterna y glorifican a Dios, que todos los creyentes deben imitar.

Pero seamos honestos. Una lista de metas espirituales compiladas por uno de los mayores héroes de la historia de la iglesia puede ser un poco intimidante, especialmente cuando hay setenta de ellas. Cuando nosotros hacemos resoluciones similares – y después fallamos en guardarlas – puede ser francamente desalentador compararnos con alguien como Jonathan Edwards.

Bueno, aquí está una pepita de aliento para usted. Incluso un notable teólogo puritano como Edwards luchó por mantener sus resoluciones.

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La Obra Verdadera del Espíritu

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La Obra Verdadera del Espíritu

Tomado de Pulpit Magazine

clip_image002(Por John MacArthur)

¿Cómo puede ser dintinguida una verdadera obra del Espíritu Santo de una falsa?

De un cuidadoso estudio de 1 Juan 4, el gran teólogo y pastor Jonathan Edwards pudo identificar cinco características distintivas de la obra del Espíritu Santo. En resumen, una verdadera obra del Espíritu Santo: (1) Exalta al Cristo verdadero, (2) se opone a los intereses de Satanás, (3) dirige a las personas a las Escrituras, (4) ensalza la verdad, y (5) tiene como resultado un amor hacia Dios y hacia los demás.

El siguiente material es condensado, adaptado y extractado de Las Marcas Distintivas de la Obra del Espíritu de Dios de Jonathan Edwards.

Exalta Al Cristo Verdadero.

“En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo (1 Juan 4:2-3)

Cuando un ministerio levanta la estima de las personas hacia el único Jesucristo verdadero, quien fue hijo de una virgen y fue crucificado – si confirma y establece sus mentes en la verdad de que él es el Hijo de Dios y el Salvador de los hombres – entonces es una señal segura de que es del Espíritu de Dios. Si el espíritu operando entre las personas los convence de Cristo y los conduce a El; si confirma en sus mentes la fe en la historia de Cristo tal y como él vino en carne; si les enseña que El es el Hijo de Dios que salva a los pecadores; si deja que conozcan que él es el único Salvador, y que están en suma necesidad de El; y si logra en ellos pensamientos superiores y más honorables de Cristo que los que solían tener; si le inclina sus afectos más hacia El – esa es un señal segura de que es el Espíritu verdadero y correcto. Esto es cierto si bien somos finalmente incapaces de determinar si la convicción o los afectos de alguien se reflejan en una fe salvadora verdadera.

Las palabras del apóstol son notables. La persona a quien el Espíritu brinda testimonio debe ser que Jesús que apareció en la carne – no otro “cristo” en Su lugar. No puede ser un cristo místico y fantástico, tal como la “luz interna” ensalzada por los cuáqueros. Este cristo imaginario disminuye su estima y su dependencia en Jesús al venir en la carne. El Espíritu verdadero de Dios da testimonio a ese Jesús solamente.

clip_image004El diablo tiene un odio feroz en contra de Cristo, especialmente en Su oficio como El Salvador de los hombres. Satanás mortalmente odia la historia y la doctrina de la redención; él nunca se encargaría de enfatizar estas verdades. El Espíritu que inclina los corazones de los hombres a la Simiente de la mujer no es el espíritu de la serpiente que tiene una enemistad tan irreconciliable en contra de él.

Hemos visto que una obra verdadera del Espíritu Santo exalta al Cristo verdadero. Continuaremos observando otra marca de la obra del Espíritu.

Se Opone a los Intereses de Satanás

“Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye.” (1 Juan 4:4-5)

Cuando el espíritu que está obrando opera en contra de los intereses del reino de Satanás, en contra del pecado, y en contra de las lujurias mundanas – ésta es una señal segura de que es un espíritu verdadero y no un espíritu falso.

Aquí hay una antítesis simple. El apóstol compara a aquellos que son influenciados por dos espíritus opuestos, el verdadero y el falso. La diferencia es simple: Uno es de Dios, y vence el espíritu del mundo; el otro es del mundo, y está obsesionado con las cosas del mundo. El diablo se llamado “él que está en el mundo”. 

Lo que el apóstol quiere decir por “el mundo,” o “las cosas que hay en el mundo,” lo aprendemos por sus propias palabras: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.” (2:15-16). Así por “el mundo” el apóstol evidentemente quiere decir todo lo que corresponda al interés del pecado. El término también comprende todas las corrupciones y deseos de los hombres, así como también todos aquellos actos y objetos por las cuales se complacen.

También en forma segura podemos determinar lo que el apóstol dice de que no importa qué lecciones de la estima de las personas por los placeres, ganancias, y honores del mundo; cualquier cosa que cambie de dirección sus corazones de una búsqueda ansiosa por estas cosas; cualquier cosa que les haga participar en una preocupación debida acerca de la eternidad y les provoque seriamente buscar el reino de Dios y Su justicia; cualquier cosa que los convenza de lo horrible del pecado, de la culpabilidad que conlleva, y el sufrimiento al cual lo expone – debe ser del Espíritu de Dios.

No debe suponerse que Satanás convencería a los hombres de pecado o les despierte la conciencia. No puede haber manera de que sirva a ese fin para hacer que la luz del Señor les alumbre de manera más brillante. Es de su interés, cualquier cosa que haga, de calmar la conciencia dormida y conservarla quieta. Tener esto con sus ojos y boca abierta en el alma tendería a obstruir y entorpecer todos sus designios de oscuridad. La conciencia despertada eternamente inquietaría sus negocios, se cruzaría en sus intereses, y le desasosegaría. ¿Tomaría el diablo tal curso, cuándo él está a punto de establecer a las personas en el pecado? ¿Los haría él más cuidadosos, inquisitivos y vigilantes para percibir lo qué es pecaminoso, y evitar pecados futuros, y ser más cautelosos de las tentaciones del diablo?

El hombre que tiene una conciencia despierta es menos propenso a ser engañado que cualquier hombre en el mundo; es la conciencia adormecida, insensible y necia la que es más fácilmente cegada. El Espíritu que opera así no puede ser el espíritu del diablo; Satanás no echará a Satanás (Mat. 12:25-26). Por eso si viéramos que las personas se hicieran sensibles de la naturaleza atroz del pecado y del desagrado de Dios en contra de él, podemos concluir que esta preocupación es del Espíritu de Dios.

Hasta ahora hemos visto que una obra verdadera del Espíritu Santo exalta al Cristo verdadero y se opone a los intereses de Satanás. Ahora continuaremos observado otra marca de la obra del Espíritu.

Señala las Personas a las Escrituras

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“Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.” (1 Juan 4:6)

El espíritu que hace que las personas tengan un mayor aprecio por las Escrituras y los establece más en la verdad y en la divinidad de Palabra de Dios es ciertamente el Espíritu de Dios. 

El diablo nunca trataría de engendrar en las personas un aprecio por la divina Palabra. Un espíritu de falsa ilusión no inclinará a las personas a buscar la dirección en la boca de Dios. “¡A la ley y al testimonio!” (Isa. 8:20) no es nunca el lamento de espíritus malignos que no tienen luz en ellos. Al contrario, es la propia dirección de Dios para descubrir sus falsas ilusiones.

El espíritu de error, para engañar a los hombres, ¿engendrará en ellos una opinión elevada de la Palabra infalible? Con el fin de promover su reino de tinieblas, ¿conducirá el príncipe de las tinieblas a los hombres al sol? El diablo siempre ha mostrado un odio y rencor fatal hacia este libro sagrado: la Biblia. Él ha hecho todo lo posible para extinguir esa luz, o de otra manera alejarlos completamente de ella. Él sabe que para ser de esa luz su reino de oscuridad ha de ser derribado. Él por mucho tiempo ha experimentado su poder para derrotar sus propósitos y confundir sus designios. Es su constante plaga. Es la espada del Espíritu que le estaca y le conquista.

Es esa espada aguda de la que leemos en Apocalipsis 19:15, la cual sale de la boca de él que está sentado en el caballo, con la cuál él golpea duramente a Sus enemigos. Cada texto es un dardo para atormentar a la serpiente antigua. Él ha sentido la punzada miles de veces.

Por eso el diablo está ocupado contra la Biblia y odia cada palabra en ella. Podemos tener la seguridad de que él nunca tratará de hacer surgir la estima de alguien hacia ella.

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Hemos visto que una obra verdadera del Espíritu Santo exalta al Cristo verdadero, se opone a los intereses de Satanás, y señala a las personas a las Escrituras. Ahora, continuaremos observando otra marca de la obra del Espíritu.

Ensalza la Verdad

“En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.” (v. 6).

Otra regla por la cual juzgar espíritus es que cualquier cosa que se dirija como un espíritu de verdad, conduciendo a las personas a la verdad, convenciéndolos de que esas cosas son ciertas – en forma segura podemos determinar que es un espíritu correcto y verdadero.

Por ejemplo, si el espíritu operando hace a los hombres más conscientes que lo que solían ser de las verdades centrales del evangelio: de que hay un Dios; que él es un gran Dios que odia el pecado; de que la vida es breve y muy incierta; de que hay otro mundo; de que tienen almas inmortales; que deben dar cuenta de ellos mismos a Dios; que son excesivamente pecaminosos por naturaleza y práctica; de que están indefensos en ellos mismos – entonces ese espíritu opera como un espíritu de verdad. Él representa cosas como lo son verdaderamente. Él trae a los hombres a la luz. 

Por otra parte, el espíritu de oscuridad no le revelará y hará manifiesto la verdad. Cristo nos dice que Satanás es un mentiroso, y el padre de mentiras. Su reino es un reino de oscuridad. Es sostenido y promovido sólo por la oscuridad y el error. Satanás tiene todo su poder y su dominio por oscuridad. Cualquier espíritu que quite nuestra oscuridad y nos lleve a la luz nos desengaña. Si soy llevado a la verdad y soy advertido de las cosas tal como lo son realmente, mi deber es inmediatamente darle a Dios las gracias por él sin averiguar por qué medios tengo tal beneficio.

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Hemos considerado las características de una obra verdadera del Espíritu Santo, notando que exalta al Cristo verdadero, se opone a los intereses de Satanás, señala a las personas a las Escrituras, y ensalza la verdad. Ahora, concluiremos observando una marca final de la obra del Espíritu.

Resulta en el Amor hacia Dios y hacia los Demás

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” [v. 8].

Si el espíritu que está obrando entre las personas opera como un espíritu de amor a Dios y hacia el hombre, es una señal segura de que es el Espíritu de Dios. Esta última marca la cuál el apóstol da del Espíritu verdadero, parece hablar de ella como la más notable. Él le asigna más espacio a ello y también insiste mucho más ampliamente en ella que en las demás.

Cuando el espíritu que está obrando entre las personas lleva a muchos de ellos a pensamientos elevados del Ser Divino y Sus perfecciones gloriosas; cuando obra en ellos un sentido de admiración y de deleite de la Excelencia de Jesucristo, representándole como el principal entre diez mil y enteramente amoroso; cuando Le es precioso para el alma; ganando y atrayendo el corazón con aquellos motivos e incitaciones al amor gratuito de Dios y al maravilloso amor final de Cristo – debe ser el Espíritu de Dios.

El versículo 19 dice: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” El espíritu que hace el alma desee de Dios y de Cristo debe ser el Espíritu de Dios. Cuando deseamos la presencia y la comunión del Salvador, relacionarnos con El, en conformidad a El, una vida que le complace y le honra, debemos estar bajo la influencia de Su Espíritu.

Además, el espíritu que reprime los argumentos entre hombres da un espíritu de paz y de buena fe, estimula a los actos de bondad externa, desea seriamente la salvación de las almas, y despierta un amor por todos los hijos de Dios y los seguidores de Cristo; y digo que cuando un espíritu funciona de esta manera, allí está una gran prueba de que éste es el Espíritu Santo.

Ciertamente, hay un amor falsificado que a menudo se asoma por entre aquellos que son guiados por un espíritu falso. Hay comúnmente entre los entusiastas más salvajes un tipo de unión y un tipo de afecto proviniendo de un amor propio. Es ocasionado por estar de acuerdo en asuntos donde grandemente difieren de todos los demás y de los cuales son objetos de ridículo del resto del género humano. Eso naturalmente causará que ellos más y más aprecien esas peculiaridades que les hacen los objetos de desprecio de los demás. (Así los gnósticos antiguos y los fanáticos salvajes que aparecieron al final de la Reforma se jactaron de su gran amor del uno para con el otro – una secta de ellos en particular se llamaban “la familia del amor”.) Pero esto es totalmente otra cosa que aquel amor cristiano que acabo de describir.

Se ha mencionado suficiente en este pasaje sobre la naturaleza de un amor verdaderamente cristiano para distinguirlo de todas las falsedades. Es un amor que proviene de asimiento de las riquezas maravillosas de la soberanía y la libre gracia del amor de Dios para nosotros en Jesucristo. Es asistido con un sentido de nuestra falta de mérito absoluto (vea los vv. 9-11, 19). El carácter más seguro del amor verdadero, divino y sobrenatural – distinguiéndolo de las falsificaciones que provienen de un amor propio natural – es que la virtud cristiana de la humildad alumbra en el. Es un amor que por encima de todos los demás renuncia, degrada, y aniquila lo que llamamos ego. El amor de Cristo es un amor humilde (1 Cor. 13:4-5).

Por lo tanto, cuando vemos un amor asistido con un sentido de bajeza, vileza, debilidad, e insuficiencia absoluta propia; cuando esté unido a un auto-vacío, a una falta de confianza en sí mismo, a una abnegación, y a una pobreza de espíritu – estas son señales manifiestas del Espíritu de Dios.

Por lo tanto, aquel que vive en el amor, vive en Dios, y Dios en él.

Conclusión

Estas marcas que el apóstol nos ha dado son suficientes por sí solas y se apoyan por sí mismas. Evidentemente muestran el dedo de Dios y son suficientes para superar a miles de objeciones que muchos puedan hacer de rarezas, irregularidades, errores en conducta, y engaños y escándalos de algunos maestros. Pero aquí algunos pueden objetar. Después de todo, el apóstol Pablo dice en 2 Corintios 11:13-14: “Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.”.

Para lo cuál respondo que ésta no puede ser una objeción en contra de la suficiencia de estas marcas para distinguir el espíritu verdadero del falso en aquellos profetas y apóstoles falsos – aún cuando el diablo se disfraza de ángel de luz. Después de todo, la misma razón por la que el apóstol Juan dio estas marcas fue a fin de que pudiéramos probar los espíritus. Por lo tanto al probar a los espíritus por estas reglas y usted podrá distinguir el espíritu verdadero de lo falso – aun bajo un disfraz astuto.

Estad Quietos y Conoced que soy Dios

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Estad quietos, y conoced que yo soy Dios

 

(Salmo 46.10)

 

por Jonathan Edwards

 

ESTE salmo suena como un himno de la iglesia en tiempos de grandes convulsiones y desolaciones en el mundo. Es por eso que la iglesia se gloría en Dios como su amparo, su fortaleza y su pronto auxilio, aun en tiempos de las mayores tribulaciones y dificultades. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y borboteen sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su ímpetu” (versículos 1, 2, 3).

 

La iglesia se enorgullece en Dios, no sólo por ser Él su ayudador, que la defiende cuando el resto del mundo se ve envuelto en desgracias y catástrofes, sino porque, como río refrescante, le da aliento y gozo, aun en medio de la calamidad pública. “Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana” (vv. 4, 5). En los versículos 6 y 8 se declaran los cambios profundos y las calamidades que agitaban al mundo: “Braman las naciones, se tambalean los reinos; lanza él su voz, y se derrite la tierra. Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamiento en la tierra”. En el texto que sigue se expresa de manera admirable la manera en que Dios libra a la iglesia de estas desgracias, especialmente de los desastres de la guerra y la furia de sus enemigos: “Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra. Que quiebra el arco, rompe las lanzas y quema los carros en el fuego”. Es decir, Él hace que cesen las guerras cuando son contra su pueblo; Él quiebra el arco cuando se dobla contra sus santos.

 

Siguen entonces estas palabras: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. La soberanía de Dios se manifiesta en sus grandes obras, las cuales aparecen descritas en los versículos anteriores. Esas mismas terribles desolaciones que Él desató en su designio de librar a su pueblo utilizando medios terribles muestran también su grandeza y su señorío. A través de todo eso demuestra su poder y soberanía, y así ordena a todos estar quietos, y conocer que Él es Dios. Porque, dice: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”.

 

De esto se pueden derivar observaciones interesantes:

 

1. El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. Esto implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia; no oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad. Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios. Y en lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.

 

2. Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios. El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él. ¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios. Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así. De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.

 

Todo esto puede verse considerando lo siguiente:

 

1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa. Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito. Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.

 

Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión. Donde no hay oscuridad ni engaño, no puede faltar la santidad. Es imposible que la maldad pueda coexistir con la infinita luz. Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente. Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante. Siempre que alguien es tentado a ceder a lo incorrecto, es por fines egoístas.

 

Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas? Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.

 

2. Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda

 

comprensión. Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios. Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.

 

¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento? Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios. Para nosotros sería menos irrazonable concebir que una cáscara de nuez pudiera contener al océano. Dice en Job 11.7ss: “¿Descubrirás tú las  profundidades de Dios? ¿Alcanzarás el límite de la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar”. Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “…oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”

 

Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol (Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.

 

Si hubiera niños que alzaran la voz para criticar a los cuerpos legislativos de su país o para poner en tela de juicio las decisiones del poder ejecutivo, ¿no se estimaría que se estaban entrometiendo en cosas demasiado elevadas para ellos? ¿Y qué somos nosotros sino bebés? Pues nuestras inteligencias son infinitamente menores que las de los bebés en comparación con la sabiduría de Dios. Lo sensato para nosotros es tener esto en cuenta y ajustar a ello nuestra conducta. Dice en el Salmo 131.1,2: “Jehová, no está envanecido mi corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre”.

 

Esta sola comprensión de la infinita distancia entre Dios y nosotros, y entre el

 

entendimiento de Dios y el nuestro, debería ser suficiente para acallarnos y para acatar con serenidad todo lo que Dios hace, no importa cuán ininteligible o misterioso nos parezca. Ni tampoco tenemos derecho alguno a esperar que Dios nos explique en particular la razón de sus actos o sus designios. Está más que justificado que Dios no nos dé a nosotros, gusanos del polvo que somos, razón de sus asuntos, que así podamos captar la distancia que nos separa de Él, y le adoremos y nos sometamos a Él en humildad y reverencia.

 

Podemos ver a este respecto por qué, cuando Job padecía sufriendo por designio divino crueles penalidades, Dios le respondió no explicándole las razones de su misteriosa providencia, sino haciéndole ver su condición de miserable gusano, de nada, y cuán lejos estaba él de la altura de Dios. Esta actitud divina estaba más en consonancia con Dios que haber entrado en algún debate con Job, o haberle revelado el misterio de sus dificultades.

 

Y para Job fue bueno someterse a Dios en aquellas cosas que no podía entender, a lo cual quiso traerle la respuesta divina.

 

Conviene que Dios habite en profunda oscuridad, o en luz que ningún ser humano puede resistir, la cual ninguno ha visto ni puede ver. Nada hay de extraño en que un Dios de infinita gloria resplandezca con una brillantez demasiado viva y potente para el ojo humano. Porque los mismos ángeles, esos espíritus poderosos, aparecen cubriendo sus rostros ante esta luz (Isaías 6).

 

3. Siendo que Él es Dios, todas las cosas son suyas, por lo cual tiene derecho a disponer de ellas a su antojo y placer. Todas las cosas de este mundo inferior son suyas. “…Todo lo que hay debajo del cielo es mío” (Job 41.11). “He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella” (Dt 10.14). Todas las cosas son suyas porque todas proceden de Él; son totalmente de Él y de solamente de Él.

 

Aquellas cosas hechas por los hombres no son enteramente de ellos. Cuando un hombre edifica una casa, no es completamente suya; ninguno de los materiales con que fue hecha le debe su origen. Todas las criaturas son total y completamente fruto del poder de Dios.

 

Es lógico, por lo tanto, que todas sean para él y estén sujetas a su voluntad (Pr 16.4). Así pues, como todas las cosas vienen de Dios, así todas se sostienen por Él, y se hundirían en la nada en un instante si Él no las sostuviera. Y todas son para Él. “Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas” (Ro 11.36). “Porque por él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, las visibles y las invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él” (Colosenses 1.16,17). Toda la humanidad es suya: sus vidas, su aliento, su ser; “porque en él vivimos y nos movemos y somos”. Nuestras almas y nuestras capacidades le pertenecen.

 

“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía” (Ez 18.4).

 

4. Comoquiera que Él es Dios, es digno de ser soberano sobre todas las cosas. A veces los hombres poseen más de lo que son dignos de poseer. Pero Dios es no solamente dueño de todo el universo, siendo que todo procede y depende de Él, sino que tal es su perfección, la excelencia y dignidad de su naturaleza, que es digno de ser soberano por sobre todo. Nadie deberá osar oponerse a que Dios ejerza la soberanía del universo como si no fuera digno de ello, pues el ser soberano absoluto del universo no es gloria ni honor demasiado grandes para Él.

 

Todas las cosas en el cielo y en la tierra, ángeles y hombres, son nada en comparación con Él; todas son como la gota de agua en el balde o como el grano de arena en la playa. Es así adecuado que cada cosa esté en sus manos, para que Él disponga según le plazca. Su voluntad y su deseo son de infinitamente mayor importancia que los de las criaturas. Es correcto que su voluntad se cumpla, aunque fuere contraria a la de todos los demás seres; que Él haga de sí mismo su propio fin; y que disponga todas las cosas para sí. Dios está dotado de tales perfecciones y excelencias que tiene título a ser el soberano absoluto del mundo.

 

Ciertamente, conviene mucho más que todas las cosas estén bajo la dirección de una sabiduría irreprochable y perfecta que expuestas a caer en confusión o sujetas a causas sin control. Más aun, no es bueno que ningún negocio dentro del gobierno de Dios pueda quedar sin la dirección de su sabia providencia, muy especialmente aquellas cosas de mayor importancia.

 

Es absurdo suponer que Dios pudiera estar obligado a prevenir a cualquier criatura de pecar y de exponerse a castigo adecuado. De ser así, resultaría que no puede haber tal cosa como un gobierno moral de Dios sobre individuos razonables, y sería arbitrario para Dios dar mandamientos ya que Él mismo sería la parte comprometida a observar la conducta y estarían fuera de lugar las promesas o las amenazas. Pero si Dios puede dejar que alguien peque y se exponga a castigo, entonces resulta mucho más apropiado y mejor que el asunto sea tratado con sabiduría —quién en justicia debe a causa del pecado quedar expuesto a castigo y quién no— que permitir que venga por la confusión o el azar.

 

No es digno del Gobernador del universo dejar las cosas al azar; lo natural para Él es gobernar todas las cosas por medios de sabiduría. Y así como Dios posee sabiduría que lo autoriza para ser soberano, así también tiene el poder que lo capacita para ejecutar lo que aconseja la sabiduría. Más aun, Él es esencial e invariablemente santo y justo, e infinitamente bueno, por lo que está perfectamente calificado para gobernar el mundo de la mejor manera posible.

 

Por lo tanto, cuando actúa como soberano del mundo, lo indicado para nosotros es estar quietos y someternos de buen grado, sin objetar en manera alguna que Él tenga la gloria de su soberanía; por el contrario, conscientes de su dignidad, reconocerla con gozo, diciendo: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”, y repetir con aquellos en Apocalipsis 5.13: “Al que está sentado en el trono … sea la alabanza, el honor, la gloria, y el dominio…”

 

 

 

5. Por cuanto Él es Dios, será soberano y actuará como tal. Él se sienta en el trono de su soberanía y su reino rige sobre todos. En su soberano poder y dominio será exaltado, como Él mismo declara: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Él hará saber a todos que es el supremo Señor de toda la tierra. Él efectúa su voluntad entre las huestes del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano. No puede haber tal cosa como frustrar, entorpecer o invalidar sus designios, pues Él es grande en el pensamiento y maravilloso en la acción. Su consejo prevalecerá, y Él hará todo lo que le plazca.

 

No hay sabiduría, ni inteligencia, ni talento que pueda ir contra el Señor. Cualquier cosa que Él quiera hacer será para siempre; nada le será añadido ni quitado. Cuando Él actúe, ¿quién le opondrá reparos? Él puede, si quiere, hacer trizas a sus enemigos. Si los hombres se juntan contra Él para estorbar u oponerse a sus designios, Él “quiebra el arco, rompe las lanzas, y quema los carros en el fuego”. Él mata y hace vivir, derriba y levanta, todo según el consenso de su voluntad. Dice en Isaías 45.6,7: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto”.

 

Ni los eminentes, ni los ricos, ni los sabios pueden impedir o torcer la voluntad de Dios. Él despacha chasqueados a los doctos y no rinde pleitesía a los aristócratas ni concede privilegio a los ricos sobre los pobres. Hay muchos subterfugios en el corazón humano; pero el consejo del Señor y los pensamientos de su corazón permanecerán a través de todas las generaciones. Cuando Él concede paz, ¿quién puede crear problemas? Y si oculta su rostro, ¿quién puede contemplarlo? Lo que Él derriba no puede ser reconstruido y al que silencie así se queda. Cuando Él se proponga algo, ¿quién se lo estorbará? Y cuando extienda su mano, ¿quién hará que la recoja? No hay por lo tanto manera de impedir a Dios ser soberano ni que actúe como tal. “De quien quiere tiene compasión y al que quiere endurecer, endurece” (Ro 9.18). Él tiene las llaves del infierno y de la muerte: abre, y no hay quien cierre; cierra, y no hay quien abra. Esto puede hacernos ver la insensatez de ponernos en contra de los soberanos designios de Dios; y cuán sabios son aquellos que quietamente y de buen ánimo se someten a su soberana voluntad.

 

6. Como que Él es Dios, está en posición de vengarse de aquellos que se opongan a su soberanía. Él es sabio de corazón y poderoso en fortaleza; ¿quién podrá endurecerse contra Dios y salir airoso? A esto tiene que responder todo el que intente contender con Él. Y ay del miserable que quiera pelear contra Dios, ¿podrá defender su posición delante de Él? A cualquiera de sus enemigos al que mueva el orgullo, el Señor le mostrará que está por encima de ellos. Vendrán a ser como la paja en el viento, o como grasa de carneros; el fuego los consumirá y desaparecerán. “Quién pondrá contra mí en batalla espinos y zarzas? Yo los hollaré, los quemaré a una” (Isaías 27.4).