Lo Que Producen Las Pruebas Y Las Tribulaciones

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ESJ-2017 0920-001

Lo Que Producen Las Pruebas Y Las Tribulaciones

Por Martyn Lloyd-Jones

1. Nos alertan a nuestra dependencia exagerada sobre cosas terrenales y humanas. A menudo muy inconscientemente somos afectados por nuestros entornos y nuestras vidas dependen cada vez menos de Dios y nuestros intereses se vuelven cada vez más mundanos.

2. Nos recuerdan que nuestra vida aquí en la tierra es pasajera. Cuán fácil es “acomodarnos” a la vida en este mundo y vivir como si fuéramos a estar aquí para siempre. Todos tendemos a hacerlo a tal punto que olvidamos “las glorias que han de ser reveladas”, y que, como hemos señalado, deben ser el tema frecuente de nuestras meditaciones. Cualquier cosa que perturbe nuestra indolencia y nos recuerde que no somos más que peregrinos aquí, por tanto, nos estimula a “poner nuestra mira en las cosas de arriba”.

3. De la misma manera, las grandes crisis de la vida nos muestran nuestra debilidad, nuestra impotencia y nuestra falta de poder. San Pablo lo ilustra en este mismo capítulo con relación a la oración “Qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos” (v. 26). En tiempos de paz y de confort pensamos que podemos orar y que sabemos cómo orar. Estamos seguros y confiados, y sentimos que estamos viviendo una vida religiosa como debe ser. Pero cuando vienen las pruebas nos revelan cuán débiles e indefensos somos.

4. Esto, a la vez, nos impulsa hacia Dios y nos hace comprender más que nunca nuestra total dependencia de El. Esta es la experiencia de todos los cristianos. En nuestra necedad imaginamos que podemos vivir en nuestra propia fuerza y nuestro propio poder, y nuestras oraciones llegan a ser frías y formales. Pero los problemas nos hacen correr a Dios y esperar en El. Dios dice acerca de Israel por medio de Oseas (5:15): “En su aflicción me buscarán temprano”. ¡Cuán cierto es esto de todos nosotros! Buscar a Dios siempre es bueno y las aflicciones nos impulsan a hacerlo.

5. Todo esto es de nuestra parte. Mirándolo del otro lado podemos decir que no hay escuela en que los cristianos hayan aprendido tanto del cuidado amoroso

y tierno de Dios por los suyos, como la de la aflicción. Mientras todo ande bien, en nuestra auto-satisfacción y auto-contentamiento, no damos lugar a Dios en nuestras vidas; no permitimos que nos revele su solicitud por nosotros aun en los detalles más pequeños de nuestra vida. Es sólo cuando estamos atribulados que no sabemos “qué hemos de pedir como conviene” y comenzamos a comprender que “el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Es precisamente a aquellos que han estado en “las profundidades” que el sentido de la presencia de Dios ha sido más real, y la comprensión de su poder sustentador más definido.

La viuda de un obispo moravo alemán me dijo hace pocos meses, que el testimonio universal de todos los cristianos en Alemania que habían sufrido penalidades a causa de su fe, según ella, es que no hubiesen querido perderse ni una de las pruebas y que en realidad agradecían a Dios por ellas. Por medio de estas cosas habían llegado a comprender la pobreza de sus vidas y experiencias; por estas pruebas también les habían sido abiertos los ojos para ver “las maravillas de su gracia”. Es la forma moderna de expresar lo que dijo el salmista:

“Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Sal. 119:71). No es más que el eco de la reacción de Pablo al veredicto: “Bástate mi gracia, pues mi poder en la debilidad se perfecciona” que le llevó a decir: “Me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Co. 12:9, 10). ¿Es esta nuestra experiencia? Si “amamos a Dios” y nos sometemos a El por cierto lo será, pues vuelvo a recordarles que “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es a los que conforme a su propósito son llamados” .

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